Vida y trabajo artístico

La lectura de Sennett proyectó la nostalgia de una separación nítida entre la esfera pública y la esfera privada, y más concretamente entre el ámbito del trabajo y el ámbito de la vida. Lo que podía ser intrínseco a la condición de artista, la superposición de vida y trabajo, se ha convertido en algo común en la configuración de las sociedades posindustriales.

La lectura de Arendt descubrió que eso que llamamos esfera pública más bien es esfera social. Y que la sociedad se ha comido tanto la esfera pública como la esfera privada: la intimidad y la acción política habrían quedado expulsadas hacia una marginalidad extrema.

El hipotético restablecimiento de la diferencia pasaría por una recuperación de aquello que permitía distinguir lo privado de lo público. En el planteamiento de Arendt, ese algo es la propiedad. En el planteamiento que discutimos hace un mes, coincidimos en identificarlo con lo “común”. El reconocimiento de lo “común” permitiría replantear un nuevo mapa de lo público y lo privado, donde lo público ya no es el ámbito exclusivo de acción de los propietarios, ni lo privado el ámbito de vida de aquellos a quienes “poseen”.

La nostalgia se convierte en decisión de lucha cuando reconocemos que la caída del hombre público es síntoma de una colonización de la vida resultante de una nueva organización del derecho al trabajo, que, como señala Toni Negri, ha dejado de ser púbico para ser privado. Y esto implica que la lucha sindical se haya trasladado del ámbito laboral a la sociedad, donde quedaría igualmente incluida lo que antes denominábamos privacidad.

La lectura de Steyerl nos aporta una diferencia entre “trabajo” y “ocupación”. A diferencia de Arendt, que identificaba gran parte del trabajo en las sociedades contemporáneas como “labor”, es decir, satisfacción de necesidades relacionadas con el vivir, Steyerl propone identificar gran parte del trabajo en las sociedades posindustriales como “ocupación”. El objetivo no es trabajar (esforzarse con objetivos prácticos y con sentido), sino estar ocupados.

En términos de Han, esta transferencia del trabajo al ámbito privado produce la sociedad del cansancio: individuos que son privados del descanso, pues su vida consiste en inventarse su propio trabajo y así reivindicar su derecho al trabajo, que en realidad es más bien una ocupación. Los individuos se convierten en explotadores de sí mismos, agentes de su propia colonización, y en ese permanente estar ocupados pierden tanto la capacidad del asombro (de la escucha) como de la rabia (de la acción).

 

El artista cuya vida es su propia obra, cuyo vivir es su crear, aparece como metáfora de esta condición, pero en una realización perversa del proyecto vanguardista. Lejos de haber realizado la disolución del arte en la vida, se habría producido una ocupación de la vida por parte del arte (del trabajo). Entonces, la nostalgia de un arte autónomo, paralela a la nostalgia de una diferencia entre esfera pública y esfera privada, se invierte: de lo que se trata es más bien de reivindicar la autonomía de la vida.

 

Lo importante no es que el arte sea o no autónomo, sino que la vida sea autónoma. Y por tanto que el arte sea un trabajo. Pero no un trabajo – ocupación, al que el artista-trabajador debe dar permanentemente sentido, y por tanto invertir en ello su vida, sino un trabajo con sentido (autónomo o no). Esto conduce a una concepción de la práctica artística con algunos rasgos interesantes:

 

1. Pues no es el artista individual quien da sentido a su práctica, el espacio a la colaboración queda abierto, y se multiplican las posibilidades de cooperación.

2. En tanto el arte no es ocupación, sino trabajo, la atención se desplaza del hacer incesante al producir con cuidado, y de los procesos estériles a los procesos de larga duración.

3. La decisión sobre el sentido o los sentidos no formaría parte del trabajo artístico mismo, sino de la acción política, en la que participarían todos y todas en cuanto habitantes de lo común.

4. También en la práctica artística la lógica de la producción sería sustituida por la lógica de la felicidad; esta felicidad no sería identificable con el “bienestar” diseñado por el capitalismo acumulativo, sino una felicidad basada en los principios de ecología y encuentro. Los productos artísticos quedarían por tanto atravesados por estos dos principios.

 

El diseño de la utopía puede resultar tan inoperante como la nostalgia. Pero puede al menos servir para identificar qué propuestas meramente representan la dispersión y la ocupación actuales, cuáles se dejan arrastrar por la nostalgia y cuáles trabajan hacia el porvenir.

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